No cabe que haga apología de un
hecho trágico ocurrido hace EXACTAMENTE NOVENTA AÑOS en Guayaquil, cuando aún
el desarrollo industrial era incipiente o escaso, por ende la clase obrera,
propiamente tal, era incipiente o escasa.
Era poco también lo que se había logrado en materia laboral, pese a que
a esas alturas habíamos conquistado algunas LIBERTADES bajo la luz de la
revolución alfarista y que salpicó de modernidad a una sociedad “curuchupa” y
conservadora en la sierra; y, agro-exportadora en la costa ecuatoriana.
Muchos califican a este momento
histórico, como “memorable jornada” (Joaquín Gallegos Lara y Alfredo Pareja
Diezcanseco); otros, rotularon sus testimonios, como: “la hora trágica” (José Ignacio Guzmán); o una “jornada trágica”, denominada así por Alejo
Capelo Cabello, poeta proletario y dirigente gremial Libertario
(anarco-sindicalista) uno de los protagonistas de la protesta, fundador de la F.T.R.E. (Federación Regional de Trabajadores
del Ecuador), Grupo "Luz y Acción", la A.G.A. (Asociación Gremial del
Astillero), la “Sociedad Hijos del Trabajo” y otros gremios, como los de
“carpinteros”, “cacahueros”, etc..
Días previos a esta masacre, se
había decretado una huelga General convocada por la Confederación Obrera del
Guayas, que agrupaba a artesanos, empleados, subempleados, estibadores de
cacao, trabajadores del ferrocarril, luz y fuerza, etc.
Si bien se impulsaban algunas reivindicaciones
laborales, como incremento de los jornales y reducción de la jornada de
trabajo, también fue parte de esta agenda: la incautación de giros
internacionales para evitar la especulación con su venta ( el dólar que costaba
$2, se lo vendía en $3,20 y más), provocada a su vez, por la caída de las
exportaciones de cacao, principal rubro de exportación, todo lo cual provocaba
una escases o desabastecimiento y encarecimiento de los bienes de primera
necesidad.
La Huelga en consecuencia, estuvo
motivada por razones económicas y políticas que demostraban un alto compromiso patriótico y no un interés egoísta y
puramente reivindicativo, que buscaba también la renuncia del presidente José
Luis Tamayo, quien ordenó sofocar la revuelta a sangre y fuego, que fue
ejecutada por el coronel Enrique Barriga, quien fue el encargado de ordenar a
la soldadesca, que acribillen a cientos de contestatarios y rebeldes que habían
copado el centro de la ciudad de Guayaquil. Los muertos fueron arrojados al “manso” Guayas, que se convirtió
en sepultura para posteriormente recordarlos con cruces de “palo de balsa” y
flores, ´para inmortalizar su memoria.
Las lecciones que se pueden
extraer son varias, entre ellas: que la
furia de un pueblo, es parecida a la de un león que despierta hambriento y
desesperado, capaz de poner en jaque la paz social. La muerte injusta y
absurda, solo sirve para inmortalizar los malos recuerdos y revivir los sueños que
inspiraron a los que se ofrecieron en el holocausto. La necesidad de velar por
una sociedad más justa y equitativa, más fraterna y humana. La importancia del
Derecho laboral, como mecanismo jurídico de justicia social y de armonización
de los intereses del capital y el trabajo, no solo como medio de remediación,
sino de prevención de los conflictos, actualizando y modernizando sus
instituciones. Entender al Trabajo, no solo como fuente de subsistencia, sino
como base de la economía como lo expresa nuestra Constitución, que nos invita a
ampliar las caducas fronteras del Derecho Laboral..
Que estas reflexiones, nos
conduzcan a los laboralistas a renovar nuestro compromiso por elevar la
discusión jurídica en esta materia y luchar por la vigencia del derecho laboral
en todas sus dimensiones, sociales, políticas, económicas y éticas..
Saludo Laboralistas y en memoria
de los caídos, hoy iré al malecón, a poner una flor sobre el caudaloso Guayas.
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